“Cuando una mujer invoca este color, está convocando al más simbólico, al más poderoso. Denota pureza, gozo, alegría y celebración. Alerta peligro. Y, sobre todo, es el color de la consciencia. La mujer que elige llevar un vestido rojo hace una afirmación imponente: sabe quién es y sabe perfectamente cuál es su lugar.

Una mujer vestida de rojo es el centro de atención, siempre. Hace que los latidos del corazón se apresuren y vayan muy rápido, como la respiración. ¿Lo provoca ella o su vestido rojo? Es una alianza inquebrantable e indisoluble entre ambos. Ella busca en el color fuerza y valor y, a su vez, aporta estabilidad y seguridad.

La mujer que elige el rojo en su forma más pura lo siente como una conquista y un anhelo de expansión. Ese objetivo de conquista se puede ejecutar de maneras distintas. Un vestido rojo sería el equivalente a una razia, casi un ataque por sorpresa. Ella y su vestido carmesí forman una alianza inquebrantable.Sabe quién es y sabe perfectamente cuál es su lugar.

Ro-jo. La lengua no necesita emprender ningún viaje desde el borde el paladar para apoyarse en el borde de los dientes. Ro-jo. La primera sílaba se sitúa, vibrando, en un punto especial, con toda su potencia. De lo más profundo de la garganta, un poco doliente, llega la segunda parte. Rojo, luz de vida, fuego de tantas entrañas. Sencillamente, rojo.”

Marta Hurtado de Mendoza